Una sobrilla desteñida por el agua y desgastada por el sol, va incrustada con una enredadera de trenzas de zapatos y retazos de trapos viejos, en un carrito de supermercado robado, y una radio vieja va al frente de semejante embarcación –como un timón- con una sola emisora: la de las bien aventuradas carreras de caballos; te dan la bienvenida para que te arregles la suela o el tacón del zapato, o le saques brillo, o te arregles el andar, como dice Don Julián, peculiar hombrecillo de no más de metro treinta, quien teniendo más de veinte años en el mismo lugar, prestando el mismo servicio, se ha ganado el calificativo de ser patrimonio cultural de la plaza Bolívar de la avenida Lara, en Valencia.
Don Julián, como se hace llamar, afirma que quien llega a remendar los zapatos, siempre guarda en el andar alguna vieja pena, o una nueva que viene y va, por eso también le llaman “el zapatero sentimental”, y a su carritto “el carrito de las penas”.
Y es que aquí llega de todo, afirma Don Julián, la mujer que peleando con el marido le cayó a taconazos y le dejó el tacón en la espalda al pobre hombre; entonces, viene para que yo le reponga el tacón al zapato, para salir a la calle bien dura, bien firme, bien hembra, con los mismos tacones de siempre, como si nada no más. Aquí viene la enamorada a remendar los zapatos de la boda, como si mantener los zapatos de semejante acontecimiento, mantenga intacto el matrimonio, la gente y sus vainas, dice... Aquí viene el devastado con sus zapatos de hace diez años, y como no tiene más, se los quita aquí, se los remiendo, y se va de nuevo. Aquí viene el que sale de su casa sin lustrar sus zapatos porque su mujer lo atormenta, se sienta, y mientras se los pulo, se fuma un puro maldiciendo a su mujer, y recordando con bárbaro placer el culo de su amante.
Y es que si su trabajo fuera saber, quizá no supiera tanto, porque su objetivo no es averiguar, no es escudriñar en la vida de quien llega a su carrito de supermercado robado, buscándole remedio al calzado. Su trabajo es remendar zapatos, pero si en el camino llega algo más, él no lo deja pasar. Y por eso es que se sabe la vida y obra de la peluquera del centro comercial, del cajero de la estación del metro, de la que limpia en la casa de doña María, y de doña María también, del adolescente que sale todos los días al liceo, pero misteriosamente termina en casa de la noviecita, que vive en el edificio de enfrente, quien por cierto un día se lanzo de su balcón en el piso once, cuando el noviecito encontró algo de mejor interés que ella en el liceo.
Y es que no necesita preguntar, la gente llega, se sienta, y al minuto siguiente le echa el cuento de cómo se le rompió el tacón corriendo para no llegar tarde a la cita que hace yonosecuántosaños no tenía, y la otra que dejó la mitad de la suela en el mercadito del domingo, echando pata para ver si conseguía más baratas las cosas, porque desde que fulanito se quedó sin trabajo tu sabes cómo es... Y esta el que no habla mucho, pero con los zapatos agujerados por alambres de púas, dice lo necesario para imaginarse en qué andaba.
Esta la que no está para remendarse los zapatos, pero lo hace porque son el recuerdo de que algo bonito le sucedió con ellos puestos, y sabe que otro mundo es posible, porque lo recorrió con ellos. Esta la enfermera que los lleva blanco puro, sin saber cómo -en medio de tanta sangre- ni una gota los ha bautizado. Esta el mendigo y sus Converse de siempre, inmunes al tiempo y a su desencanto de basura y miseria. Esta el pavito y sus Adidas donde oculta la mariguana. Esta la doñita y sus zapaticos de tacón con medias panties para guardarse la pensión. Esta el militar que se lustra las botas, para limpiar las penas, o para sentirse menos sucio después de una larga jornada laboral. Esta el que no está, pero usa zapatos que dejan huellas profundas. Está la de las sandalias y sus piernas largas para comprar la cena. Esta el de los zapatos Polo, que sólo aparenta. Esta la que quiere unos zapatos nuevos.
Entonces, esta, bajo la suela de un zapato, la esperanza guardada en toneladas, la culpa en un rincón, el amor y el desamor en el mismo lugar, la tristeza dando tumbos de aquí para allá, la sonrisa oculta, la carcajada flotante, la verdad acuestas, la mentira que deslumbra, la fe de andar a pie, el motivo de seguir andando, la historia bajo tus zapatos, los míos, y los nuestros. Los errores arrastrados, las metidas de pata con gusto, las millones de patadas a aquella puerta hasta que se abrió, el día que brincaste, el día que corriste, el día que te quedaste en el mismo lugar, el día que bajaste, el día que subiste, el día que te agachaste para llorar, el día que anduviste de puntillas, el día que te quitaste los zapatos para andar descalzo, y funcionó. El día que no te los quitaste. El día que te pusiste los zapatos de otro, y dolió. El día que los estrenaste, y los tiraste en el primer basurero, por las ampollas. El día que te los regalaron, y quizá el único día que te los pusiste.
Y así van y vienen, zapatos, zapatitos y zapatotes por el carrito robado de don Julian, le dejan sus historias a cambio de unos remiendos, y lo vuelven –sin querer queriendo- el hombre más sabelotodo del lugar. Y hasta el más popular, porque ahora su carrito de supermercado recibe visitas diarias, sólo para escuchar alguna historia particular de algún transeúnte que pasó por ahí. A las seis empieza y a las seis se va, día tras día, de lunes a sábado en horario corrido, porque el domingo hay que descansar, y de vez en cuando se toma los “miércoles de parada” también, junto a los buhoneros de la plaza.
Y aunque la carterita de aguardiente no le puede faltar en sus jornadas diarias, parece haberse vuelto inmune al alcohol, y junto al busto de Bolívar, diariamente, en todo el centro de la plaza, capta las historias de la gente, y hace de la suya propia toda una particularidad en este lugar, porque desde que María le dijo a Juana que Don Julian era un buen consejero, y le salvo el matrimonio, y Juana le dijo alguien, ahora siempre le llegan al carrito historias nuevas que buscan solución, y que llegan bajo la excusa de las tachuelas desgastadas de los zapatos. Y yo los escucho, dice Don Julian, total la gente anda hambrienta de alguien que los escuche. Es eso. Y mi carrito y yo no tenemos prejuicios. La gente es como los zapatos: vienen y van.
Laurin Isabel Bello Gutierrez